Primera etapa: Década moderada

Las elecciones de 1844 dieron la mayoría a los moderados, presididos por el general Narváez, que impulsó una política basada en el liberalismo moderado. Este debía sustentarse en el predominio del orden y la autoridad, con férreas medidas represivas, que pusieron fin a las expectativas revolucionarias anteriores. De este modo, se lleva a cabo una fuerte represión contra los progresistas, muchos de los cuales optan por exiliarse.

En 1845 se aprueba una nueva Constitución, que recoge las ideas básicas del moderantismo: soberanía compartida entre el rey y las Cortes, restricción electoral (sufragio censitario muy restringido), y la concesión de amplias atribuciones a la Corona (nombrar ministros, disolver y convocar Cortes y vetar sus decisiones, asignar a miembros del Senado…). Además, se recortan las libertades, como la de expresión y la de reunión. La Constitución es marcadamente católica. Se firma un Concordato con la Iglesia y el Estado se compromete al mantenimiento de culto y clero. Así, Isabel II se aseguraba el apoyo de la jerarquía eclesiástica.


Además, el gobierno emprende una reforma fiscal, centralizando los impuestos. Se aprueba un Código Penal, se crea la Guardia Civil para garantizar el orden en el medio rural, se reforma la educación, se reordena la administración territorial…

Los gobiernos moderados no consiguen dar estabilidad política al Estado: actuaron de forma arbitraria y excluyente, manipulando las elecciones. La vida política se desarrollaba en torno a las “camarillas” que buscaban el favor real o gubernamental, al margen de la vida parlamentaria.

A partir del gobierno de Bravo Murillo (1852) el autoritarismo se agudiza. Fue su proyecto de reformar la Constitución para fortalecer el poder ejecutivo frente el del parlamento, lo que encendió el descontento de los progresistas, así como de algunos moderados y amplias capas de la sociedad, que se veían marginados de la vida política. De este modo, una nueva revolución en 1854 permite que los progresistas regresen al poder.


Segunda etapa: Bienio progresista

El levantamiento tiene lugar en Vicálvaro en 1854 (“la Vicalvarada”), y a su frente se coloca el general O’Donnell, un moderado descontento que funda un nuevo partido, la Unión Liberal, que pretendía ser una opción de centro entre moderados y progresistas. Al pronunciamiento pronto se unen también grupos progresistas, jefes militares y grupos de civiles, que protagonizan levantamientos en diversas ciudades.

La presidencia recae en Espartero, que pacta con O’Donnell, y se convocan elecciones según la legislación de 1837, que presentaba un censo electoral más amplio. Se prepara una nueva Constitución, la de 1856, de carácter progresista, que no llegaría a ser promulgada (llamada “non nata”).

Se lleva a cabo un ambicioso plan de reformas económicas, comenzando por una nueva desamortización, la de Madoz, más amplia que la de Mendizábal ya que incluía bienes de la Iglesia, de órdenes militares, ayuntamientos…


Con ello se pretendía conseguir recursos para la modernización económica de España, y sobre todo para invertir en la red de ferrocarriles, considerada clave para la industrialización del país. Igualmente se amplía la red de carreteras, se favorece la reforestación, se desarrolla la minería…

Las medidas reformistas no subsanan la crisis, y se generó un clima de conflictividad social: huelgas obreras, revueltas por los impuestos y las quintas, levantamientos campesinos… Además, había discrepancias dentro de la coalición gubernamental entre los más moderados, que acabarían en la Unión Liberal, y los más radicales, que lo harían en el Partido Demócrata. Espartero dimitió y la reina confió el gobierno a O’Donnell, que ayudó así a derribar el gobierno que él mismo había colocado en el poder dos años antes


Tercera etapa: Gobierno unionista moderado

El nuevo gobierno de O’Donnell busca el equilibrio entre elementos moderados y algunas propuestas progresistas: limitación de los poderes de la Corona, aceptación de la desamortización civil… todo ello restableciendo la Constitución de 1845. Este es un período de estabilidad política, con intervención de los moderados, la Unión Liberal y los progresistas, quedando al margen los carlistas y demócratas. En política exterior se busca recuperar el prestigio internacional, llevándose a cabo diversas campañas militares (Indochina, México, Marruecos…). En ellas destacó el general Prim.

En 1863 sube al poder Narváez, al frente de los moderados, y la estabilidad de años anteriores comienza a desmoronarse. Se impone de nuevo la forma autoritaria de gobierno, al margen de las Cortes y de otros grupos políticos. Los progresistas, además, cada vez estaban más cerca de los demócratas, y ante su marginación política, pasaron de nuevo a apoyar una insurrección.


En 1866 se produce la insurrección de los sargentos del cuartel de San Gil, con la adhesión de progresistas y demócratas y un levantamiento popular en Madrid. La insurrección acabó siendo reprimida, los cabecillas fusilados o encarcelados. Los unionistas se pusieron en contra del gobierno, acercándose a los progresistas.

La situación del gobierno empeoró con una crisis de subsistencias, que aumentó los precios y el descontento popular. La población veía la necesidad de un nuevo levantamiento que cambiaría por completo la situación.


Comienzo

El sistema político de la Restauración está absolutamente ligado a la figura de Cánovas del Castillo, quien buscaba un consenso entre las fuerzas liberales, pero era absolutamente contrario al sufragio universal, y profundamente conservador. Partidario de la monarquía borbónica, defendía la idea moderada de soberanía compartida de rey y Cortes. Sin embargo, propuso algunas novedades: reemplazar a Isabel II por su hijo Alfonso, subordinar el ejército al poder civil para evitar el problema de los pronunciamientos y el protagonismo militar en la vida política española, y crear un sistema bipartidista basado en dos partidos burgueses que se fueran turnando pacíficamente en el poder. Estos serían el Partido Conservador (dirigido por el propio Cánovas) y el Partido Liberal (dirigido por Sagasta). Estos partidos coincidían ideológicamente en lo fundamental, y diferían en algunos aspectos, como el tipo de sufragio. Los liberales defienden el sufragio universal masculino y unas reformas sociales de carácter más progresista y laico. Sin embargo, ambos defendían la Constitución, la monarquía, la propiedad privada…

El sistema canovista tuvo la gran virtud de garantizar la alternancia pacífica en el poder, poniendo fin durante un largo período al intervencionismo militar y a los pronunciamientos.


Sin embargo, este sistema mantenía apartadas del poder a las fuerzas de izquierda, el movimiento obrero, los regionalismos y los nacionalismos… No se trataba de la expresión de la voluntad de los electores, sino que los dirigentes de los partidos acordaban previamente el turno en el poder. Las elecciones estaban completamente adulteradas, y la clave de esta adulteración estaba en el “caciquismo”, un fenómeno que se dio en toda España, principalmente en Andalucía, Galicia y Castilla. Los caciques eran personajes ricos e influyentes en la España rural, que amañaban las elecciones por medio de violencia y amenazas, compra de votos, concesión de favores o simplemente trampas en las elecciones, el conocido popularmente como “pucherazo”.


El Catalanismo

Fue el más temprano y también el de mayor envergadura, y su principal ideólogo fue Valentí Almirall. El catalanismo ha sido en ocasiones resumido en dos palabras: arancel y poesía, aludiendo a sus raíces económicas y culturales. La burguesía catalana deseaba una subida de los aranceles para proteger su industria de la competencia de otras naciones, que producían manufacturas de mayor calidad y menor precio, como Inglaterra o Alemania. Asimismo, defendían el uso de la lengua catalana y ciertas tradiciones y costumbres, en un mundo en constante transformación: lo que se llamó la Renaixença. En 1892 se redactaron Las Bases de Manresa, un proyecto semi-independiente centrado en la recuperación de unas Cortes propias, la oficialidad en exclusiva de la lengua catalana, que sólo los catalanes puedan desempeñar cargos públicos, acuñar su propia moneda, etc.


El Nacionalismo Vasco

Es el caso más radical, y tenía como base un concepto racista y xenófobo de la sociedad: una raza superior, la vasca, y otra inferior, la maketa, término despectivo para designar a los emigrantes no vascos. Surge de la mano de Sabino Arana, con una clara herencia carlista y profundamente católica (“Dios y Ley Vieja”, es decir, carlismo y fueros). Fue un movimiento radical que se declaró antiespañolista y separatista. No contaba con el apoyo de la burguesía industrial vasca y en un principio fue minoritario. En el siglo XX adquiriría más base social a medida que se iba moderando.

-El Regionalismo Gallego fue el movimiento más débil, pues no contaba con una burguesía industrial fuerte. El “galleguismo” fue estrictamente cultural, impulsado por el Romanticismo, hasta bien entrado el siglo XX. Surge como una defensa del gallego como lengua literaria, el Rexurdimento (Rosalía de Castro). En las últimas etapas de la Restauración adquirió un tinte más político, pero siempre fue un movimiento minoritario.


El movimiento obrero: anarquistas y socialistas

El anarquismo fue la corriente mayoritaria, extendiéndose por el campo español entre los braceros de Andalucía. Los anarquistas creían poder cambiar la sociedad mediante lo que ellos llamaban “la propaganda por el hecho”, que consistía en acciones terroristas, especialmente el anarco-comunismo, con diversos atentados incluso contra el mismo rey, y finalmente asesinaron a Cánovas en 1897. La influencia del anarquismo fue dominante en Cataluña, Levante y Andalucía. A principios del siglo XX nacería la CNT (Confederación Nacional del Trabajo).

En cuanto al socialismo, Pablo Iglesias funda el PSOE, en la clandestinidad, en 1879. También se funda la UGT, sindicato socialista. Opuestos a los anarquistas, los socialistas mantuvieron una ideología colectivista, anticlerical y antiburguesa, y consiguen un escaño en 1910 en la figura de Pablo Iglesias.


La evolución de la población

La tasa de crecimiento de la población española durante el siglo XIX fue notablemente más alta que en épocas anteriores, debido a la desaparición de determinadas epidemias, la mejora de la dieta y la expansión de cultivos como el maíz y la patata. Sin embargo, el crecimiento demográfico español siguió siendo uno de los más bajos del continente, manteniéndose una elevada mortalidad, sobre todo infantil. La alta mortalidad y la baja esperanza de vida tenían, en definitiva, dos causas fundamentales: el atraso económico junto con las malas condiciones en la higiene, y las periódicas crisis de subsistencias, acompañadas de brotes de enfermedades epidémicas como la fiebre amarilla o el cólera, y de otras endémicas (tuberculosis, viruela…). A lo largo del siglo XIX desciende de manera significativa el número de hijos por pareja, debido a la disminución de la fertilidad.


La evolución de las ciudades

España continúa siendo un país eminentemente rural: la mayoría de la población vive en el campo. Sin embargo, el crecimiento de las ciudades fue constante. El aumento de tamaño de algunas ciudades obligó a demoler las murallas medievales y planear los “ensanches”. Se abren grandes avenidas, se construyen estaciones de ferrocarril, alcantarillado, se inicia el alumbrado público de gas… La vida en las ciudades cambió durante el siglo XIX. Los nuevos edificios emblemáticos eran ahora mercados, galerías, centros administrativos, estaciones de ferrocarril, etc. La vida cambió con la electricidad, la energía de la Segunda Revolución industrial. En 1885 la electricidad empezó a emplearse en las fábricas de Barcelona y en la década de los 90 se electrificaron los tranvías de Madrid y Barcelona.

En cualquier caso, la diferencia entre los barrios burgueses y los barrios obreros de la periferia es notable: estos solían situar cerca de las fábricas, eran insalubres y las viviendas no sólo eran pobres, sino que carecían de todos los servicios. Solían hacinarse varias familias en una sola vivienda, y estas además tenían una construcción muy deficiente, que se deterioró en pocos años. Los barrios obreros crecieron de forma desordenada, sin que los poderes municipales se preocupasen de atender a los servicios de higiene pública. Las calles estaban muy degradadas por el amontonamiento de basuras y desperdicios. Al no haber desagües, las aguas sucias se estancaban. Esto, unido al hacinamiento y la mala ventilación, aumentaba el peligro de infecciones. El interior de las viviendas era muy pobre, con pocas habitaciones, siendo frecuentes las cocinas y letrinas comunitarias.


De la sociedad estamental a la sociedad de clases

. Con la revolución liberal y la industrialización, aparecen nuevas leyes que imponen la igualdad jurídica, poniendo fin a los privilegios otorgados por el nacimiento o los títulos. En el nuevo sistema liberal todos los ciudadanos tenían los mismos derechos y eran iguales ante la ley, aunque se limitara el derecho de sufragio. A partir de ese momento, las diferencias sociales se establecen en base a la riqueza, y no al nacimiento. La nobleza pierde sus privilegios, y el clero muchas de sus propiedades, aunque no su influencia social. La alta nobleza española, al introducirse en la sociedad liberal, no sólo no perdió poder económico, sino que en algunos casos lo incrementó, adquiriendo nuevas propiedades con la desamortización. La pequeña nobleza, sin embargo, pierde su principal privilegio, la exención de impuestos. La nobleza mantuvo también su preeminencia social y logró que una parte de la burguesía intentara imitarla y ennoblecerse, emparentando con nobles arruinados o comprando títulos. También conservan influencia política, formando parte de las “camarillas” de la Corte de Isabel II. 

En el siglo XIX aparece en España una nueva burguesía ligada a los negocios, la banca y el comercio. Muchos hicieron fortuna con las inversiones en Bolsa y se sintieron atraídos por la inversión en tierras, adquiriendo propiedades desamortizadas y convirtiéndose en propietarios agrícolas rentistas. También surge una burguesía industrial en Cataluña, aunque muy escasa, lo cual dificultó el desarrollo de un modelo de sociedad más productivo y menos rentista. 

Las clases medias agrupaban a medianos propietarios de tierras, pequeños fabricantes, profesiones liberales y empleados públicos. Su riqueza era menor que la de las clases dirigentes y dependían de la marcha de sus negocios. Procuraban imitar el estilo de vida de los grupos poderosos (formas de ocio, educación, etc.), aunque su capacidad económica era más limitada. El bienestar era un signo de categoría social, pero a veces debían llevar una vida austera para poder mantener un cierto estatus social y proporcionar estudios a sus hijos.


Las clases populares constituían la inmensa mayoría de la población, y abarcaban un amplio abanico: artesanos, trabajadores de servicio (empleados de limpieza, de alumbrado…), dependientes de comercio… que bordeaban el límite entre las clases populares y las clases medias. Además, estaban los campesinos, entre los que destacan los jornaleros asalariados, sometidos al poder de los grandes propietarios y los caciques. Era una población muy pobre y frecuentemente analfabeta, que iniciaría en muchos casos un proceso de emigración a las ciudades para convertirse en proletarios, es decir, en obreros industriales, o bien mineros. Su situación no era mucho mejor: larguísimas jornadas laborales, salarios bajos, explotación infantil, férrea disciplina y ninguna protección en caso de paro, accidente, enfermedad o vejez.