René Descartes (1596–1650): razón, duda y método

René Descartes (1596–1650) fue un filósofo, matemático y científico francés considerado el fundador de la filosofía moderna. Su proyecto tuvo como objetivo principal alcanzar un conocimiento absolutamente cierto, libre de toda duda; para ello otorgó a la razón un papel central como fuente del saber verdadero.

Para lograrlo desarrolló la duda metódica, cuestionando los sentidos, las creencias y hasta la propia razón, hasta llegar a una verdad indudable: «pienso, luego existo» (cogito ergo sum), que afirma la certeza del yo como sustancia pensante.

Desde esta base formuló el método cartesiano, que puede resumirse en cuatro reglas fundamentales:

  • Evidencia: aceptar solo lo que se presenta de modo claro y distinto.
  • Análisis: dividir las dificultades en tantas partes como sea posible y necesario.
  • Síntesis: conducir los pensamientos desde lo más simple hasta lo más compuesto.
  • Enumeración: hacer revisiones completas y enumeraciones que aseguren la totalidad del raciocinio.

Descartes sostuvo que el conocimiento verdadero se apoya en ideas claras y distintas. Para superar la posibilidad de un engaño total (el genius malignus), recurrió a la existencia de un Dios veraz, garante último de la verdad y de la realidad del mundo externo.

Descartes distinguió tres tipos de ideas:

  • Innatas: propias de la razón (por ejemplo, la idea de Dios o de sustancia).
  • Adventicias: procedentes de los sentidos.
  • Facticias: creadas por la imaginación.

Solo las ideas innatas, claras y distintas son plenamente fiables. Frente a él, David Hume negó las ideas innatas y afirmó que todo conocimiento proviene de la experiencia sensible, destacando los límites de la razón y la fragilidad de la certeza.

El pensamiento cartesiano sigue siendo clave en debates actuales sobre epistemología, la relación mente-cuerpo e inteligencia artificial.

Immanuel Kant: autonomía, deber y el imperativo categórico

Immanuel Kant fue una figura clave de la Ilustración y de la filosofía moderna. En sus obras morales desarrolló una ética racional, formal y universal, basada en la razón práctica, que busca establecer las condiciones de la acción moral.

Kant rompe con las éticas que fundamentan la moral en la felicidad, la experiencia o las consecuencias de los actos. Para él, el valor moral no depende de los resultados, sino del principio que guía la acción. El único bien absoluto es la buena voluntad, que actúa por deber y por respeto a la ley moral, no por interés o inclinación.

La ley moral se expresa en el imperativo categórico, que ordena actuar solo según máximas que puedan convertirse en leyes universales. Una acción es moral cuando se realiza por deber, no por conveniencia. La moral no busca la felicidad, sino la dignidad de la persona y ser dignos de ella.

Kant concibe la libertad como autonomía, es decir, la capacidad de darse a uno mismo la ley moral. De esta autonomía surge la dignidad humana, ya que las personas no tienen precio y deben ser tratadas siempre como fines en sí mismas, nunca solo como medios. Su ética sigue siendo relevante hoy como defensa del respeto, la justicia y la dignidad humana.

Jean-Jacques Rousseau: naturaleza humana, educación y voluntad general

Jean-Jacques Rousseau fue un pensador clave de la Ilustración y precursor del romanticismo. Su ética parte de la idea de que el ser humano es bueno por naturaleza, pero se corrompe en la sociedad a causa de la desigualdad, la competencia y el afán de reconocimiento.

En el estado de naturaleza, el hombre vive guiado por el amor de sí y la piedad, inclinaciones que permiten la convivencia sin dañar a otros. Con la aparición de la propiedad privada y la vida social, este amor natural se transforma en amor propio, generando vanidad, dependencia y dominación. Así, la civilización no perfecciona moralmente al ser humano, sino que lo aleja de su moral originaria.

Para superar esta corrupción, Rousseau propone una regeneración moral del individuo y de la sociedad. En Emilio defiende una educación natural que forme la conciencia moral y la autonomía, de modo que las personas actúen por convicción y no por imposición. En El contrato social, esta moral individual se proyecta en la política mediante la voluntad general, que expresa el bien común. Obedecerla es ser libre, pues implica obedecer la ley que uno mismo se da.

La ética de Rousseau une libertad, conciencia moral y virtud cívica, y sigue siendo relevante hoy como crítica al individualismo y como defensa de la educación, la solidaridad y la vida comunitaria.

Platón: orden, justicia y el gobierno del saber

La teoría política de Platón se basa en su concepción del orden, la justicia y el conocimiento. Para él, una polis justa es aquella en la que cada ciudadano cumple la función que le corresponde según su naturaleza, del mismo modo que en el alma la razón debe gobernar sobre las pasiones. La justicia consiste precisamente en ese equilibrio y armonía.

En La República, Platón describe una ciudad ideal dividida en tres clases:

  • Gobernantes-filósofos: poseen la razón y el conocimiento del Bien.
  • Guardianes: encargados de la defensa.
  • Productores: responsables de la vida material.

Cada grupo cumple su tarea sin interferir en las demás, y así se garantiza la justicia tanto en la ciudad como en el individuo.

El poder político, para Platón, no se legitima por el consenso ni por la mayoría, sino por el conocimiento verdadero (epistḗmē). Por eso el gobernante ideal es el filósofo-rey, que conoce el Bien (to agathón) y gobierna guiado por la verdad, no por opiniones cambiantes. Esta idea se apoya en el intelectualismo socrático: el mal es fruto de la ignorancia, y solo quien conoce el bien puede actuar justamente.

Aunque su modelo puede parecer utópico, la política platónica ha influido profundamente en la tradición occidental y sigue siendo relevante hoy por su defensa de un gobierno basado en la virtud, el saber y la verdad, frente a la manipulación de la opinión y el populismo.