Conocimiento y realidad en Descartes

Descartes, filósofo del siglo XVII, es el fundador de la Filosofía Moderna y el principal representante del Racionalismo, corriente que defiende que la razón, y no los sentidos, es la única fuente de conocimiento verdadero. El conocimiento debe basarse en un método universal que garantice la certeza. Este método consta de cuatro reglas:

  • Evidencia: aceptar solo ideas claras y distintas, conocidas por intuición o deducción.
  • Análisis: dividir los problemas en partes más simples.
  • Síntesis: ordenar el pensamiento de lo simple a lo complejo.
  • Enumeración: revisar todo el proceso para evitar errores.

Para encontrar una verdad absolutamente segura, Descartes aplica la duda metódica, que es teórica y universal. Duda del conocimiento sensible porque los sentidos engañan; duda de la realidad, ya que no se distingue claramente del sueño; y duda incluso de los razonamientos mediante la hipótesis del genio maligno, que podría inducirnos al error.

A pesar de esta duda radical, hay una verdad indudable: el sujeto que duda existe mientras piensa. De ahí la primera certeza: “Pienso, luego existo” (cogito ergo sum). En el yo, que es una sustancia pensante, existen tres tipos de ideas:

  • Adventicias: que parecen venir del exterior.
  • Facticias: creadas por la imaginación.
  • Innatas: propias del sujeto, como la idea del yo.

Entre las ideas innatas destaca la idea de Dios como ser infinito y perfecto, que no puede proceder del yo, que es finito e imperfecto. Por tanto, Dios existe como sustancia infinita. Además, el yo no se ha dado la existencia a sí mismo, ya que es contingente. La cadena de seres contingentes exige un ser necesario, Dios, que crea y conserva al yo en la existencia. Como Dios es perfecto y bondadoso, no engaña, y garantiza la existencia del mundo exterior (res extensa) y la validez del conocimiento científico, siempre que se sigan las reglas del método.

El ser humano según Descartes

Descartes defiende un dualismo antropológico, según el cual el ser humano está compuesto por dos sustancias distintas:

  • El alma o sustancia pensante (cogito).
  • El cuerpo, que es sustancia extensa.

Ambas sustancias se relacionan a través de la glándula pineal, lo que permite que el alma gobierne el cuerpo. El ser humano es propiamente el alma, que es independiente del cuerpo. El cuerpo funciona como una máquina, siguiendo las leyes del mecanicismo, y no es libre. En cambio, el alma es inmortal y libre, y debe dirigir al cuerpo.

A partir de este dualismo, Descartes desarrolla su teoría de las pasiones del alma, que son causadas por el cuerpo sin intervención de la voluntad (como el deseo o el amor). El ser humano puede dominar sus pasiones controlando el cuerpo gracias a su libertad y a la razón, lo que lo diferencia de los animales, que están determinados por sus pasiones. La voluntad, guiada por ideas claras y distintas obtenidas mediante un método correcto, permite controlar mejor las pasiones, elegir de forma racional y alcanzar un mayor grado de libertad. Dominar las pasiones es hacerse dueño de uno mismo.

La demostración de la existencia de Dios en Descartes

La filosofía de Descartes busca una certeza absoluta, por lo que aplica la duda metódica a todo conocimiento que no sea claro y distinto. Duda de los sentidos, de la realidad y, con la hipótesis del genio maligno, incluso de las matemáticas. Solo queda como verdad indudable el cogito: el yo que piensa y existe.

Sin embargo, el yo necesita una garantía de la validez de sus ideas, que pueden ser adventicias, facticias o innatas. Las dos primeras quedan afectadas por la duda, pero entre las innatas destaca la idea de Dios como ser infinito y perfecto. Esta idea no puede proceder de un ser finito e imperfecto como el yo, por lo que debe haber sido causada por un ser que posea esas perfecciones: Dios existe.

Otro argumento sostiene que si el yo se hubiera dado la existencia a sí mismo, poseería todas las perfecciones, lo cual no ocurre. Por tanto, la idea de perfección debe proceder de Dios. El tercer argumento, de tipo ontológico, afirma que si tenemos la idea de un ser infinitamente perfecto, este debe existir necesariamente, ya que la existencia es una perfección. Una vez demostrada la existencia de Dios, Descartes afirma que, al ser perfecto y bondadoso, Dios no engaña. Por ello, garantiza la existencia del mundo exterior y la verdad del conocimiento matemático y científico, siempre que se respete el método racional.

Conocimiento y realidad en Hume

Hume, filósofo del siglo XVIII, pertenece al Empirismo, corriente que sostiene que todo conocimiento procede de la experiencia. Al nacer, la mente humana es una tabla rasa, sin ideas innatas. Hume llama percepciones a todos los contenidos de la mente y las divide en:

  • Impresiones: percepciones inmediatas, más intensas y vivaces.
  • Ideas: copias debilitadas de las impresiones.

Existe un principio de copia, según el cual toda idea debe proceder de una impresión; por ello, Hume niega la existencia de ideas innatas. El conocimiento humano se divide en relaciones de ideas y cuestiones de hecho. Las relaciones de ideas corresponden a la lógica y las matemáticas: no informan sobre la realidad, son analíticas y se conocen a priori. Las cuestiones de hecho tratan sobre la realidad, son sintéticas y su verdad solo puede conocerse a posteriori, mediante la experiencia.

Todo conocimiento sobre la realidad se basa, por tanto, en la experiencia, siendo verdadero únicamente aquello que pueda remitirse a una impresión. Hume critica el principio de causalidad, ya que no tenemos impresión de una conexión necesaria entre causa y efecto. La experiencia solo nos muestra una sucesión constante de acontecimientos, pero nunca una necesidad universal. La creencia en la causalidad se basa en el hábito o la costumbre, que nos lleva a esperar que el futuro se parezca al pasado. Por ello, las leyes de la naturaleza no son necesarias, sino solo probables, aunque útiles para la vida y la ciencia.

Esta crítica se extiende a la idea de sustancia. No podemos demostrar la existencia de la sustancia material, del yo como sustancia pensante ni de Dios, ya que solo conocemos impresiones. Así, Hume concluye en el escepticismo (no se puede demostrar la existencia del mundo, del yo y de Dios) y en el fenomenismo, según el cual solo conocemos percepciones mentales.

El ser humano en Hume

Hume aplica el método experimental al estudio del ser humano en su obra Tratado de la naturaleza humana, tomando como base la observación y la experiencia. Sin embargo, descubre que la experiencia misma se apoya en la costumbre, que nos lleva a creer que el futuro será semejante al pasado. Por ello, no es la razón la que guía la vida humana, sino el hábito, que funciona como un instinto necesario para la supervivencia.

Hume rechaza la concepción cartesiana del yo como sustancia pensante. Cuando observamos nuestra mente, no encontramos una entidad simple y permanente, sino un conjunto de percepciones que se suceden continuamente. La mente es como un teatro en el que aparecen y desaparecen percepciones. No existe una impresión constante que fundamente la idea de un yo idéntico a sí mismo. La identidad personal es una ficción creada por la relación causal y la semejanza entre las percepciones, reforzada por la memoria, que nos hace ignorar su discontinuidad. De este modo, Hume afirma que no puede demostrarse la existencia del yo como sustancia, consolidando su postura escéptica.

La crítica a la idea de Dios en Hume

Partiendo del principio de copia, Hume critica las tres sustancias de la metafísica racionalista: el mundo exterior, el yo y Dios. Como solo conocemos aquello que se da en la experiencia, no es posible conocer la esencia ni la existencia de Dios. Hume rechaza el argumento ontológico, ya que la existencia no puede demostrarse a priori: la no existencia de algo no implica contradicción, ni siquiera en el caso de Dios.

Tampoco acepta los argumentos a posteriori, como el cosmológico, porque se basan en una aplicación indebida del principio de causalidad, válido solo para la experiencia y no para realidades que la trascienden. En Diálogos sobre la religión natural, Hume critica el deísmo, que pretende conocer a Dios mediante la razón, sin recurrir a la revelación. Aunque se distancia del ateísmo y de la religión revelada, Hume sostiene que no es posible una demostración racional de Dios. Concluye así en el escepticismo religioso y reafirma el fenomenismo: solo conocemos impresiones.

La ética de Hume: Emotivismo Moral

Hume critica las éticas racionalistas y sostiene que la moral no se fundamenta en la razón. Los juicios morales no son relaciones de ideas ni cuestiones de hecho, ya que no describen la realidad, sino que expresan valoraciones. Además, la razón no motiva la acción, solo el sentimiento puede hacerlo.

Defiende el emotivismo moral, según el cual el fundamento de la moral es el sentimiento moral, una emoción interior de agrado o desagrado ante las acciones. Este sentimiento es universal porque deriva de la naturaleza humana. El sentimiento moral se basa en dos principios:

  • Utilidad: según la cual consideramos buenas las acciones que producen placer o beneficio.
  • Simpatía: que es la capacidad de compartir los sentimientos de los demás y buscar su felicidad.

La moral resulta así de la interacción entre sentimiento y razón: la razón orienta, pero el sentimiento motiva. Esto permite una moral universal, no egoísta ni meramente convencional, fundada en la naturaleza humana.