Con el tiempo, la certeza adquiere profundidad

Jesús, tras los encuentros antes descritos, continuó viviendo como todos, rodeado de aquellos tres o cuatro a quienes había impresionado como amigos; iban a visitarlo y él iba a pescar con ellos. La trayectoria que se describe se sitúa en el espacio y tiempo que media entre lo que se podía captar en apariencia y lo que se podía entrever de cuanto hay tras la apariencia en realidad, donde todo tipo de suceso es revelador.

El reconocimiento progresivo

  • Juan 2, 1-2: El milagro de la boda de Caná (agua por vino). En este versículo, los discípulos dudaban de Jesús, pese a que creían en él; una convicción se va produciendo en un sucesivo repetirse de reconocimiento, a los que hay que dar espacio y tiempo para que tengan lugar.

El descubrimiento de un hombre incomparable

Los primeros amigos, y los que se les sumaron después, asistieron cada vez más cotidianamente a la excepcionalidad y la exorbitancia de aquella personalidad. Las cosas, el tiempo y el espacio le obedecían sin ningún aparato mágico. Él obtenía lo que quería con una manipulación de la realidad totalmente natural, como quien es dueño de la realidad misma. El Evangelio señala que llegaba a la noche cansado de curar, es decir, habiendo ejercido sin interrupción su poder sobre la realidad física.

  • Marcos 2, 1-12 / Lucas 5, 17-26: Historia del paralítico.
  • Mateo 22, 15-22 / Marcos 12, 13-17 / Lucas 20, 20-26: Tributo a César («A César lo que es de César, a Dios lo que es de Dios»).

Ahora ya los fariseos le involucraban en continuas diatribas, le desafiaban y le ponían a prueba de todas las maneras posibles.

  • Juan 8, 1-11: «El que esté libre de pecado, que lance la primera piedra».

El mayor milagro: la mirada reveladora

El mayor milagro, el que sorprendía cada día a los discípulos, no era el de las piernas enderezadas, la piel restaurada o la vista recuperada. El mayor milagro era el ya mencionado: una mirada reveladora de lo humano a la que nadie podía sustraerse.

Jesús veía dentro del hombre, nadie podía esconderse ante él: en su presencia, la profundidad de la conciencia no tenía secretos. No los tuvo en los casos de:

  • Juan 4, 1-42: La mujer samaritana.
  • Lucas 19, 1-10: Zaqueo, jefe de los recaudadores.
  • Mateo 9, 9-13 / Marcos 2, 13-17 / Lucas 5, 27-32: El recaudador de impuestos.

La capacidad de cautivar el corazón del hombre es el mayor milagro, el más persuasivo; Jesús se impone a las conciencias. Él se siente como en su casa en el interior de los demás.

Poder y bondad

Es difícil que una persona poderosa sea realmente buena. En Jesús, en cambio, sus testigos pudieron ver esa mirada no solo poderosa, prodigiosa, inteligente o cautivadora, sino buena (parece imposible que un poder tan grande esté dentro de un horizonte de profunda bondad). Lo demuestran:

  • Lucas 7, 11-17: Muerte del único hijo de una madre viuda.
  • Lucas 13, 10-17: La mujer encorvada.
  • Mateo 19, 13-15 / Marcos 10, 13-16 / Lucas 18, 15-17 / Mateo 18, 1-11: Jesús llama a su lado a un niño.

Jesús acepta con agrado del hombre lo que este le pueda dar, y no pone reparos de ninguna naturaleza —ni política, ni social, ni cultural— para esta acogida (ej. Lucas 7, 36-50: historia de la prostituta).

También conviene recordar la emoción que embargó a Jesús hasta las lágrimas en ocasión de la muerte de su amigo Lázaro (Juan 11, 1-46). Jesús solloza aquel atardecer en el Monte de los Olivos ante el esplendor del templo a la puesta del sol, presagiando la destrucción de la ciudad (Lucas 19, 41-46).

El surgimiento de la pregunta y la irrupción de la certeza

Hay algo en Jesús, cierto misterio, porque nunca se había visto tal sabiduría, tal ascendiente, tal poder y una bondad así. Esta impresión se va haciendo poco a poco cada vez más precisa solo en aquellos que se comprometen en una convivencia sistemática con él: los discípulos.

Así nació espontáneamente una pregunta: ¿Quién es? Paradójica, porque se conocía perfectamente el origen de Jesús. Esta pregunta demuestra que lo que Él es, en realidad, no lo podríamos decir por nosotros mismos. Solo podemos constatar que es diferente de cualquier otro, que merece la más completa confianza, y siguiéndolo se experimenta una plenitud de vida incomparable.

  • Juan 6, 22-59: «Yo les daré mi carne para comer y mi sangre para beber».

En ese pasaje, Pedro dijo una frase que resume por entero la experiencia de certeza de todos ellos: «Señor, tampoco nosotros comprendemos lo que dices, pero si nos separamos de ti, ¿con quién vamos a ir? Solo tú tienes palabras que explican y dan sentido a la vida».

Esta frase es una aplicación de la observación ya mencionada de certeza existencial o moral. Su actitud es, en efecto, profundamente razonable: si no puedo creer en este hombre, no puedo creer en nada. Con el tiempo, ellos adquirieron respecto a aquel hombre una certeza sin comparación posible. Una pantalla colocada frente a la realidad hace al objeto real incognoscible, mientras que la certeza moral, que nace de una disponibilidad totalmente abierta y fiel en el tiempo, es la cuna de una existencia razonable.

¿Quién eres? (Marcos 4, 35-41 para los amigos; Juan 10, 24 para los enemigos). Esperó a que el tiempo afianzara a sus discípulos en la certeza de su adhesión y a los enemigos en su pertinaz hostilidad.