Ética Kantiana vs. Utilitarismo: Diferencias entre Deontología y Consecuencialismo
La ética kantiana frente al utilitarismo
Éticas teleológicas vs. éticas deontológicas
La ética o filosofía moral reflexiona sobre la conducta humana. Ya en el pensamiento de Platón, Aristóteles o las corrientes helenísticas, entre otros, se hablaba del bien, la justicia, la virtud o la felicidad. La mayoría de los autores medievales, siendo cristianos, vinculaban la conducta moral a los mandatos divinos. Entendida así, en aquella época el ser humano quedaba reducido a mero receptor de la voluntad divina. Más tarde, con el Renacimiento y, sobre todo, con la Ilustración, el sujeto recuperó la autonomía ética, es decir, volvió a decidir qué conducta era moral y cuál no según su propia voluntad, sin tener en cuenta la voluntad de ningún elemento externo (Dios, la Iglesia, el rey…). Sumergidos en la Modernidad, a finales del siglo XVIII, la disputa entre las éticas consecuencialistas y las éticas del deber cobró especial fuerza.
- Las éticas consecuencialistas o éticas teleológicas: se centran en las consecuencias de las acciones humanas para determinar si son moralmente correctas o no. Dicho de otro modo, en lugar de valorar la acción en sí, evalúan los resultados de las acciones. El principal representante de estas éticas es el utilitarismo.
- Las éticas del deber o éticas deontológicas: se centran en las acciones, y no en las consecuencias. Es decir, otorgan importancia al deber moral que tiene una persona al actuar o tomar decisiones. Independientemente de las consecuencias, estas éticas defienden que existen principios universales que deben guiar las acciones y decisiones humanas. El principal exponente de las éticas del deber es Kant.
Utilitarismo
Este pensamiento defiende, en lugar de la metafísica —es decir, en lugar de principios a priori o ideas trascendentales como el bien—, una filosofía práctica orientada a la experiencia cotidiana, tanto ética como política. Según esta corriente, todos los seres humanos tienen como objetivo la felicidad. La clave está en cómo equilibrar la felicidad individual y la colectiva. Los utilitaristas, bebiendo de la fuente del liberalismo, priorizan al individuo.
Jeremy Bentham y el principio de utilidad
Jeremy Bentham (1748-1832) es el precursor del utilitarismo. Según él, como ya indicaron los epicúreos en la Antigüedad, los seres humanos buscamos el placer y evitamos el dolor. Por tanto, las acciones que realizamos no son en sí mismas ni buenas ni malas. En cambio, son útiles según las consecuencias que implican: si al hacer algo obtenemos placer, es útil; si obtenemos sufrimiento, no lo es. Así, para Bentham buscamos la utilidad o provecho y, con ello, podemos alcanzar la felicidad. Para Bentham, la felicidad del grupo humano no es más que la suma de las felicidades individuales. Este autor creó el modelo arquitectónico del Panóptico. Gracias a este invento pudo poner en práctica su pensamiento en cárceles, hospitales y escuelas.
John Stuart Mill: el principio de la mayor felicidad
John Stuart Mill (1806-1873) fue discípulo de Bentham. Corrigió y desarrolló el pensamiento de su maestro en varios aspectos. Por ejemplo, defendió que no todos los placeres están al mismo nivel. Como él mismo afirma: “es mejor ser un hombre insatisfecho que un cerdo satisfecho”. Además, propuso superar el egoísmo y atender al bienestar ajeno para comprender la felicidad. Por otro lado, creó el criterio para distinguir entre acciones y decisiones buenas y malas: el principio de utilidad o principio de la mayor felicidad. Según este principio, la acción o decisión más útil es aquella que proporciona la mayor felicidad al mayor número de personas. Como en la vida real es imposible lograr el máximo bienestar para todos, debemos conformarnos con lo que marca el principio de utilidad. Además, Mill fue uno de los pocos filósofos de su época que defendió la igualdad intelectual entre hombres y mujeres. Por ello, fue un ferviente defensor del sufragio femenino en el Parlamento y luchó por la emancipación de la mujer.
El utilitarismo ha influido no solo en la ética, sino también en la política. Concretamente, aplicando el principio de utilidad, las leyes más útiles son aquellas que suponen el mayor nivel de bienestar para el mayor número de personas y, por tanto, son las que deben crearse.
Kant: la autonomía moral. Caesar non est supra grammaticos
Al igual que en el ámbito del conocimiento, Kant intentó encontrar una estructura universal y a priori en el ámbito de la ética. En su obra Crítica de la razón práctica (1788) estableció las bases de una moral autónoma basada en el deber y la razón, defendiendo la libertad del individuo como eje central de la ética: cada uno debe ser capaz y suficiente para darse a sí mismo la ley moral. De hecho, Kant representó el ideal ilustrado: el uso de la razón para lograr la autonomía y emancipación del ser humano.
Es un hecho que en el hombre existe la conciencia moral (capacidad de distinguir entre el bien y el mal), por la que se siente responsable u obligado a proceder según el deber. Este deber se manifiesta en forma de leyes morales o imperativos: son órdenes que manifiestan una exigencia, pero pueden ser desobedecidas. (Ejemplo: “Debes ayudar a los demás”, somos capaces de reconocer a priori este mandato o exigencia moral, pero eso no significa que siempre la cumplamos). Para Kant, la razón práctica de todo ser humano es capaz de descubrir estas leyes o mandatos morales, lo que le confiere autonomía moral.
La ética kantiana supone una novedad respecto a las éticas anteriores, llamadas éticas materiales. Según Kant, la moralidad no debe depender de las consecuencias de las acciones, sino de la intención y del cumplimiento del deber. Para él, la ética debe ser formal: más que decir qué debemos hacer, o dar recomendaciones morales, debe ofrecer un modelo formal que podamos aplicar en el momento en que queramos ponerlo en práctica, en cualquier situación, en cualquier momento y con cualquier persona.
La ética formal debe ser categórica (absoluta, incondicionada y autónoma), y los principios éticos deben proceder de la propia razón y ser a priori, universales y necesarios.
La ética formal no ofrece ningún contenido normativo concreto, sólo la forma de la ley moral, válida para la voluntad de todo ser racional tal y como se recoge en las formulaciones del imperativo categórico:
- 1. “Obra de tal forma que quieras que tu máxima (la norma que impulsa tu acción) se convierta en ley universal”. (Nos dice cómo debemos actuar, de forma que nuestras acciones puedan ser consideradas modelos de actuación universalmente válidos).
- 2. “Obra de tal forma que uses la humanidad, tanto en tu persona como en cualquier otra, siempre como un fin y nunca como un medio”.
Según el imperativo categórico, las acciones deben realizarse conforme a principios universales, y dichos principios deben aplicarse a todos sin excepción, respetando siempre la dignidad humana.
Pero para poder hablar de acción moral, es necesario admitir la existencia de tres ideas que no pueden ser reconocidas por la razón teórica, pero que son presupuestos a priori necesarios de admitir que posibilitan la acción moral, como aspiraciones supremas de nuestra voluntad: los postulados de la razón práctica. Éstos son la inmortalidad del alma, Dios y la libertad: sin esta última el sujeto estaría condicionado a la hora de actuar, y por lo tanto, sería imposible la autonomía humana, ya que no podríamos hacer juicios morales sobre nuestra propia conducta (no puedo decir “debo hacerlo” si no puedo decir “puedo hacerlo”).
Por lo tanto, la razón práctica, cuando procede de forma autónoma, permite a todo ser humano darse a sí mismo la ley moral, es decir, orientar su acción sin necesidad de tutelas que le digan “qué debe hacer”. Nada ni nadie tiene autoridad para imponer normas morales al ser humano. Ni siquiera el rey tiene derecho a imponer a sus súbditos órdenes en cuestiones religiosas o morales: “Caesar non est supra grammaticos”. Para Kant, el fundamento de la ética reside en la autonomía de la voluntad o capacidad de la razón de imponerse leyes morales a sí misma sin ningún tipo de influencia externa. De forma que es el propio individuo quien decide qué normas van a regir su conducta.
La ética formal de Kant vs. el utilitarismo
Para terminar, comparemos la ética formal de Kant con el utilitarismo. El utilitarismo afirma que la moralidad de una acción depende de sus consecuencias, siendo el objetivo maximizar la felicidad o el bienestar general. A diferencia de Kant, el utilitarismo valora la utilidad de las acciones y no considera principios absolutos. Como se observa, mientras la ética kantiana enfatiza el deber moral y el respeto a la persona, el utilitarismo prioriza los resultados y el bienestar colectivo.
