La actividad política de la relacionalidad: los retrocesos ontológicos

Portales hacia la relacionalidad

La política de la relacionalidad es una propuesta teórica que busca ampliar y transformar la manera tradicional de entender lo político. Frente a las concepciones dominantes de la modernidad —que reducen la política al Estado, las instituciones, las leyes y los procesos electorales—, la política relacional sostiene que la política está profundamente ligada a la estructura ontológica de la realidad, es decir, a las ideas y prácticas que definen qué existe, cómo existe y cómo se relaciona.

Desde esta perspectiva, la realidad no está compuesta por entidades aisladas, como individuos autónomos o esferas separadas (economía, política, cultura), sino por redes de relaciones que se coproducen de manera histórica y cotidiana. Las personas, los colectivos, las identidades y las instituciones no existen previamente a esas relaciones, sino que se constituyen a través de ellas. Por ello, toda práctica política es también una práctica ontológica: al actuar políticamente, se producen y reproducen ciertos mundos y formas de vida, mientras que otros se limitan o se invisibilizan.

La política de la relacionalidad cuestiona así las “configuraciones por defecto” de la ontología moderna, que naturalizan conceptos como el individuo, el progreso lineal, el éxito político medido en términos institucionales y las divisiones dualistas (bueno/malo, individuo/colectivo, izquierda/derecha). Desde una mirada relacional, estos supuestos no son verdades universales, sino construcciones históricas que condicionan la forma en que interpretamos el cambio social.

En este marco, los movimientos sociales no deben evaluarse únicamente según su capacidad de producir reformas legales o acceder al poder estatal. Incluso aquellos movimientos considerados “fallidos”, como Occupy Wall Street o el movimiento altermundista, pueden haber generado transformaciones profundas a nivel relacional, cultural y subjetivo.

Estos procesos, que los autores denominan “destellos relacionales”, abren nuevas formas de organización, de convivencia y de sentido, aunque no encajen en los criterios tradicionales de éxito político. Asimismo, la política de la relacionalidad rechaza una comprensión moralista o dualista de la relacionalidad, según la cual esta sería simplemente “lo bueno” frente a una no relacionalidad “mala”. La relacionalidad no es una prescripción normativa, sino una condición ontológica: todos los mundos, incluidos los sistemas opresivos, se sostienen en relaciones. Por ello, la política relacional no se basa en identificar enemigos esenciales, sino en comprender y transformar las tramas relacionales que producen desigualdad, exclusión y dominación.

En conclusión, la política de la relacionalidad propone una visión del cambio social como un proceso no lineal, colectivo e incierto, que requiere sostener prácticas, narrativas y formas de vida alternativas dentro y junto a los mundos dominantes. Más que ofrecer soluciones cerradas, invita a repensar profundamente qué entendemos por política, por éxito y por transformación, reconociendo que cambiar el mundo implica también cambiar nuestras formas de conocerlo, vivirlo y relacionarnos.

Diseño relacional 2

Diseñar de forma relacional implica entender el diseño no como una actividad técnica o neutral orientada a resolver problemas puntuales, sino como una intervención social y ontológica que participa activamente en la creación de mundos. Desde esta perspectiva, el diseño no se limita a producir objetos, servicios o soluciones, sino que configura relaciones, prácticas, valores y formas de vida. Por ello, diseñar es siempre una forma de hacer política, en tanto contribuye a reproducir o transformar las maneras en que las personas se relacionan entre sí, con los territorios y con los seres no humanos.

Escobar et al. plantean el diseño relacional como parte de un giro ontológico, que cuestiona los supuestos del diseño moderno: el individualismo, el antropocentrismo, la idea de progreso lineal y la orientación exclusiva al futuro bajo la lógica del “proyecto”. Frente a ello, el diseño relacional se basa en la interdependencia radical, la comunalidad y la atención a las prácticas cotidianas como espacios centrales de transformación social.

Ejemplos y enfoques

Un primer ejemplo de este enfoque es el Diseño para la Innovación Social Transformadora, desarrollado por Ezio Manzini y Virginia Tassinari. Aquí, el diseño se entiende como una práctica cotidiana mediante la cual las personas reaprenden a vincularse y a crear formas de vida alternativas al margen de las reglas dominantes del capitalismo. Se trata de proyectos de vida autónomos, frecuentemente situados en lo local, que buscan transformar la realidad desde abajo a través de la colaboración, la experimentación y la construcción de una inteligencia colectiva de diseño.

No obstante, este tipo de diseño genera tensiones, ya que cuanto más relacional es una propuesta, mayor compromiso, vulnerabilidad y arraigo exige, algo difícil en contextos marcados por el desarraigo y la individualización. En una línea similar, el Design Studio for Social Intervention (DS4SI) concibe el diseño como una herramienta para visibilizar y transformar las configuraciones de poder naturalizadas que producen marginalización y desigualdad. En lugar de centrarse solo en los efectos de la dominación, este enfoque propone analizar las ideas, arreglos y efectos que la sostienen. Así, el rol del diseñador no es “resolver problemas”, sino intervenir en los arreglos cotidianos —instituciones, normas, prácticas— que hacen posible determinados mundos. Diseñar, en este sentido, es construir condiciones para que emerjan otras formas de vida.

Comunalización y comunes

Un segundo eje central del diseño relacional es el giro ontológico hacia la comunalización y los comunes. Las comunalidades se entienden como sistemas sociales vivos que permiten a las personas afrontar problemas compartidos de manera autoorganizada. Este enfoque destaca prácticas concretas de vida en común, formas de aprovisionamiento no mercantilizadas y modelos de gobernanza por pares, con el objetivo de desestabilizar las cadenas de valor capitalistas y fortalecer redes de valor comunales. Aquí, el diseño contribuye a crear infraestructuras materiales y simbólicas que sostienen la vida colectiva.

Soberanía alimentaria como práctica relacional

La soberanía alimentaria es un ejemplo especialmente claro de diseño relacional en la práctica. Más allá de la producción de alimentos, implica una forma de hacer vida arraigada en el territorio, basada en relaciones de interdependencia entre humanos, naturaleza y comunidad. La soberanía alimentaria reivindica el derecho de los pueblos a definir sus propios sistemas alimentarios y se inscribe en una lógica de diseño regenerativo, que busca reconstruir vínculos rotos y transitar de la narrativa de la separación a la del inter-ser. Experiencias como los bancos de semillas comunitarios o las prácticas campesinas de autogobierno ilustran esta forma de diseño como regeneración de relaciones.

Reintegración de las ciudades en la tierra

Finalmente, el texto aborda la reintegración de las ciudades en la tierra, cuestionando la ciudad moderna como espacio construido sobre la exclusión de la naturaleza. Desde un giro relacional en los estudios urbanos, la ciudad se concibe como un ensamblaje de humanos y no humanos, abierto y en constante transformación. Propuestas como el urbanismo biofílico, el urbanismo multiespecie, las ciudades de proximidad o la ciudad del cuidado muestran cómo el diseño urbano puede abandonar el antropocentrismo y promover formas de habitar basadas en la proximidad, el cuidado y la comunalidad.

En conjunto, diseñar de forma relacional significa abandonar la idea del diseño como control del futuro y entenderlo como una práctica situada, abierta e incierta, orientada a sostener la vida y las relaciones que la hacen posible. No se trata de proyectar soluciones finales, sino de cultivar procesos, prácticas y mundos alternativos que coexisten y disputan sentido al diseño moderno dominante.