La metamorfosis de Gregorio Samsa: transformación e incomunicación en la literatura
Texto corregido
Una mañana, después de un sueño intranquilo, Gregorio Samsa se despertó transformado en un monstruoso insecto. Debía levantarse o perdería su trabajo. Pero no era posible salir de la cama: se balanceaba sobre su enorme caparazón y, aun así, no lograba llegar ni siquiera al borde.
Llamó también su padre y hasta escuchó la voz de su hermana Grete, pero intentó calmarlos diciéndoles que no pasaba nada y que enseguida estaría con ellos. Sin embargo, no podía levantarse, aunque lo intentara. Quiso rendirse, decir que estaba enfermo y descansar un día. Pero no era tan fácil: vendría su jefe a buscarlo, traería a un médico (que se daría cuenta de que Gregorio no estaba enfermo) y lo despedirían de su empleo por perezoso. Gregorio no podía perder su trabajo.
Definitivamente, estaba en problemas. En ese momento oyó que tocaban a la puerta y que alguien decía: «—Buenos días, ¿está Gregorio en casa?». Era la voz del gerente. Ya no era tiempo de estar jugando; perdería su trabajo.
Giró con todas sus fuerzas y cayó de la cama a la alfombra. Sus patas se acomodaron perfectamente al piso y se acercó a la puerta. El gerente lo trató con cierta dureza; Gregorio se disgustó y le dijo que esperara.
Al otro lado de la puerta, el gerente y la familia de Gregorio no habían escuchado palabras, sino sonidos. Grete fue a buscar a un médico y la criada corrió a buscar a un cerrajero para forzar la puerta y saber qué estaba pasando dentro de esa habitación. Pero Gregorio logró abrir la puerta antes. El gerente entró antes que los demás en la habitación. Cuando vio al insecto, se quedó estático y mudo; la madre cayó desmayada y el padre amenazó a Gregorio con el puño para que no se acercara.
El gerente huyó. Gregorio fue tras él, pues temía perder su trabajo. Su padre salió a detenerlo, pensando que atacaría al gerente, y con la rabia que sentía no se fijó en que Gregorio tenía el caparazón incrustado en el marco de la puerta; de un empujón lo envió al fondo del cuarto. El caparazón resultó herido.
El resto de ese día Gregorio lo pasó durmiendo. Cuando despertó, encontró una bandeja con su alimento preferido: leche con pedacitos de pan. Al instante supo que su hermana había puesto allí la comida. Se acercó, emocionado, a comer, pero al primer sorbo sintió asco y se sorprendió, pues nunca la leche le había causado esa sensación. Intentó de nuevo, pero fue imposible: era asqueroso. Así que se arrinconó debajo del sofá y pasó durmiendo y con hambre la primera noche como insecto.
Por la mañana, su hermana entró al cuarto y, al ver que Gregorio no había comido —como adivinando sus pensamientos—, sacó el plato con leche y, a cambio, le trajo varios alimentos descompuestos: vegetales, restos de comida, un queso mohoso. Dejó solo a Gregorio, que sólo entonces pudo comer; y esta vez también se sorprendió, pues lo que antes le habría sido repulsivo ahora le resultaba delicioso. Terminó y volvió a esconderse bajo el sofá.
Más tarde, Grete limpió todo mientras el insecto estaba escondido bajo el sofá; pero la muchacha podía ver el bulto tenebroso debajo del mueble y, aunque evitaba mirarlo, sentía su presencia, y eso incomodaba a ambos. Y aunque la única que se encargaba de cuidar a Gregorio era ella, Grete abría de par en par las ventanas de la habitación cada vez que entraba para que escapara el hedor del insecto; pero eso mortificaba a Gregorio, que habría preferido que las ventanas no solo estuvieran cerradas sino que también se corrieran las cortinas.
Una noche, Gregorio escuchó la conversación de su familia (la puerta de su cuarto daba al comedor). Las conversaciones en casa ya no eran alegres; casi no se hablaba. La criada se había ido y habían contratado a otra bastante mayor. Continuamente, su madre declaraba su intención de ver a su hijo y conocer su estado; pero su padre y su hija se lo impedían. Gregorio estaba de acuerdo con ellos: no quería que nadie pasara malos momentos por su culpa.
Así que se tapó con la sábana de su cama y evitaba que su hermana se aterrorizara cada vez que entraba a limpiar la habitación. Por aquel entonces, Gregorio había encontrado un pasatiempo: había descubierto que sus patas viscosas se adherían a las paredes y que podía caminar por ellas; incluso podía pasear por el techo. Su hermana lo había notado, pues quedaban las huellas de sus patas.
Se le ocurrió entonces que, si su hermano quería pasear por las paredes y por el techo, lo más sensato sería quitarle todos los obstáculos que pudiera encontrar. En ese momento no tenía quién la ayudara en la labor, y como la única en casa que podía hacerlo era la madre, tuvo que pedírselo a ella.
Sin embargo, Gregorio no quería que desalojaran sus cosas; no quería sentirse un animal, no quería que le quitaran lo último que le daba una apariencia humana a su habitación. «Es ahora o nunca», pensó; salió de debajo de la sábana y se apoyó sobre un cuadro, pegando su vientre viscoso al cristal del retrato. Cuando volvió la madre al cuarto, vio al insecto pegado al vidrio y se desmayó del espanto.
Notas de corrección
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