La Eterna Espera del Coronel: Pobreza, Resistencia y el Legado de Macondo en García Márquez
La Espera y la Miseria del Coronel en la Obra de Gabo
El Coronel, veterano de la «última guerra civil», lleva veinticinco años confiando vanamente en la ratificación oficial de la pensión que le correspondía. Abocado a la miseria, torturado por el desdén y el olvido, el coronel se enfrenta cada día a una indigencia laboriosamente compartida con su mujer, enferma de asma.
Ha ido vendiendo todo lo vendible que había en su ruinosa casa, menos un gallo de pelea que mantiene a costa de la propia y definitiva vecindad con el hambre.
El Gallo: Símbolo de Resistencia y Memoria
Aunque la hipótesis puede resultar demasiado rebuscada, esa desconcertante actitud del coronel negándose a vender un gallo que había sido de su hijo, asesinado por repartir hojas clandestinas, puede corresponderse con un fondo de entereza frente a una determinada situación política.
Tuvo la certeza de que ese argumento justificaba su determinación de conservar el gallo, herencia del hijo acribillado nueve meses antes en la gallera, por distribuir información clandestina.
Esa misma tarde, cuando los compañeros de Agustín abandonaron la casa haciendo cuentas alegres sobre la victoria del gallo, también el coronel se sintió en forma.
Clima Político y Ambientación en El coronel no tiene quien le escriba
Aunque en ningún momento se haga referencia expresa a esa situación, su aliento subyace en toda la novela, se filtra de continuo en los diálogos de los personajes: el toque de queda, la resistencia armada, la censura del padre Ángel, la batida de la policía, los privilegios de don Sabas y toda una serie de sobreentendidos y medias tintas que definen sin mayores matices el tenso clima político del pueblo.
La ambientación local de El coronel no tiene quien le escriba incide en una desolación a veces atenuada por algún negro rasgo humorístico, pero tampoco se aportan informaciones concretas sobre el paisaje urbano.
La Opresión del Pueblo y la Conexión con Macondo
Luego queda la imagen general del pueblo aplastado por la asfixia hedionda del calor y la incansable cobertura de la lluvia: «todo será distinto cuando acabe de llover».
Y en medio de las desdichas cotidianas, como en un sistema poético de vasos comunicantes, reaparece el mundo entre ficticio y real que ocupa todo el espacio imaginativo de García Márquez: Macondo, de donde salió el coronel para entregarle a Aureliano Buendía los fondos de la Revolución.
Rituales Cotidianos y la Lucha Contra el Hambre
Retiró la olla del fogón, vertió la mitad del agua en el piso de tierra, y con un cuchillo raspó el interior del tarro sobre la olla hasta cuando se desprendieron las últimas raspaduras del polvo de café revueltas con óxido de lata. Mientras esperaba a que hirviera la infusión, sentado junto a la hornilla de barro cocido en una actitud de confiada e inocente expectativa, el coronel experimentó la sensación de que nacían hongos y lirios venenosos en sus tripas.
Contemplando la vegetación que reventaba en verdes intensos, las minúsculas tiendas de las lombrices en el barro, el coronel volvió a sentir el mes aciago en los intestinos.
Descripciones del Hogar y Personajes
- A diferencia del dormitorio, demasiado estrecho para la respiración de una asmática, la sala era amplia, con cuatro mecedoras de fibra en torno a una mesita con un tapete y un gato de yeso.
- Luego llevó el gallo a la cocina, lo amarró a un soporte de la hornilla, cambió el agua al tarro y puso al lado un puñado de maíz.
- Los pantalones, casi tan ajustados a las piernas como los calzoncillos largos, cerrados en los tobillos con lazos corredizos, se sostenían en la cintura con dos lengüetas del mismo paño que pasaban a través de dos hebillas doradas cosidas a la altura de los riñones.
«Cuando se acabe el maíz tendremos que alimentarlo con nuestros hígados.» El coronel se tomó todo el tiempo para pensar mientras buscaba los pantalones de dril en el ropero.
El padre Ángel utilizaba ese medio para divulgar la calificación moral de la película de acuerdo con la lista clasificada que recibía todos los meses por correo.
Era tan menuda y elástica que cuando transitaba con sus babuchas de pana y su traje negro enteramente cerrado parecía tener la virtud de pasar a través de las paredes.
«Si Agustín tuviera su año me pondría a cantar», dijo, mientras revolvía la olla donde hervían cortadas en trozos todas las cosas de comer que la tierra del trópico es capaz de producir.
La Paciencia y el Legado de la Revolución
Era su único refugio desde cuando sus copartidarios fueron muertos o expulsados del pueblo, y él quedó convertido en un hombre solo sin otra ocupación que esperar el correo todos los viernes.
«Se necesita tener esa paciencia de buey que tú tienes para esperar una carta durante quince años.» El coronel se metió en la hamaca a leer los periódicos.
Había empezado a escucharla al día siguiente del tratado de Neerlandia cuando el gobierno prometió auxilios de viaje e indemnizaciones a doscientos oficiales de la revolución.
Acampado en torno a la gigantesca ceiba de Neerlandia un batallón revolucionario compuesto en gran parte por adolescentes fugados de la escuela, esperó durante tres meses.
Apoyó en el hueso del muslo la mano derecha —puros huesos cosidos con fibras nerviosas— y murmuró: «Pues yo he decidido tomar una determinación».
Como tesorero de la revolución en la circunscripción de Macondo había realizado un penoso viaje de seis días con los fondos de la guerra civil en dos baúles amarrados al lomo de una mula. El coronel Aureliano Buendía —intendente general de las fuerzas revolucionarias en el litoral Atlántico— extendió el recibo de los fondos e incluyó los dos baúles en el inventario de la rendición.
La Burocracia y el Olvido
Pero esos documentos han pasado por miles y miles de manos en miles y miles de oficinas hasta llegar a quién sabe qué departamentos del ministerio de guerra. Piense usted que ha habido siete presidentes y que cada presidente cambió por lo menos diez veces su gabinete y que cada ministro cambió sus empleados por lo menos cien veces.
El que espera lo mucho espera lo poco. Llevó a la mesita de la sala un bloc de papel rayado, la pluma, el tintero y una hoja de papel secante, y dejó abierta la puerta del cuarto por si tenía que consultar algo con su mujer.
Escribió con una compostura aplicada, puesta la mano con la pluma en la hoja de papel secante, recta la columna vertebral para favorecer la respiración, como le enseñaron en la escuela. Se envolvió en una manta de lana y por un momento percibió la pedregosa respiración de la mujer —remota— navegando en otro sueño.
Interacciones y Reflexiones: Escenas Clave
El propietario del salón de billares vio al coronel desde la puerta de su establecimiento y le gritó con los brazos abiertos: «Coronel, espérese y le presto un paraguas».
Pero alguien le puso una mano en la espalda, lo empujó hacia el fondo del cuarto por una galería de rostros perplejos hasta el lugar donde se encontraban —profundas y dilatadas— las fosas nasales del muerto. Cuando levantó la cabeza para buscar el aire por encima de los gritos vio la caja tapada dando tumbos hacia la puerta por una pendiente de flores que se despedazaban contra las paredes.
Un momento después supo que estaba en la calle porque la llovizna le maltrató los párpados y alguien lo agarró por el brazo y le dijo: «Apúrese, compadre, lo estaba esperando».
Cuando don Sabas lo empujó hacia la pared para dar paso a los hombres que transportaban al muerto, volvió su cara sonriente hacia él, pero se encontró con un rostro duro.
La Relación Matrimonial y la Paciencia
«Desde que estoy con el tema de que cambies de abogado ya hubiéramos tenido tiempo hasta de gastarnos la plata», dijo la mujer, entregando a su marido el recorte de periódico.
El coronel comprobó que cuarenta años de vida común, de hambre común, de sufrimientos comunes, no le habían bastado para conocer a su esposa.
«Ahí tienes a mi compadre Sabas con una casa de dos pisos que no le alcanza para meter la plata, un hombre que llegó al pueblo vendiendo medicinas con una culebra enrollada en el pescuezo.»
Fragmentos de la Vida Cotidiana
- «Si el tres de enero se hubiera quedado en la casa no lo hubiera sorprendido la mala hora.» Dirigió hacia la puerta un índice escuálido y exclamó: «Me parece que lo estuviera viendo cuando salió con el gallo debajo del brazo».
- Ella se cambió la ropa y fue a tomar agua en la sala en el momento en que el coronel terminaba de dar cuerda al reloj y esperaba el toque de queda para poner la hora. «Se puede ver la hora en la oscuridad.»
- En el sopor de la siesta vio llegar un tren amarillo y polvoriento con hombres y mujeres y animales asfixiándose de calor, amontonados hasta en el techo de los vagones. «El olor del banano me descompone los intestinos.» Y abandonó a Macondo en el tren de regreso, el miércoles veintisiete de junio de mil novecientos seis a las dos y dieciocho minutos de la tarde.
- «Tuve el valor de preguntarle quién era y ella me contestó: Soy la mujer que murió hace doce años en este cuarto.» —La casa fue construida hace apenas dos años —dijo el coronel.
La Dignidad Frente a la Venta
«Te presentas como si fueras a pedir una limosna cuando debías llegar con la cabeza levantada y llamar aparte a mi compadre y decirle: ‘Compadre, he decidido venderle el gallo’».
Esa mañana había puesto la casa en orden y estaba vestida de una manera insólita, con los viejos zapatos de su marido, un delantal de hule y un trapo amarrado en la cabeza con dos nudos en las orejas.
El coronel se debatió entre dos fuerzas contrarias: a pesar de su determinación de vender el gallo quiso haber llegado una hora más tarde para no encontrar a don Sabas.
El coronel necesitó setenta y cinco años —los setenta y cinco años de su vida, minuto a minuto— para llegar a ese instante.
