Descartes: crítica a la autoridad y búsqueda de un método

Descartes critica que el saber basado en los libros y en la autoridad de la tradición, tanto de la escolástica medieval como del humanismo renacentista, no ofrece un método válido para avanzar en el conocimiento. Por eso se fija en la experiencia práctica, el «libro de la vida». Durante esta etapa participa como soldado en las Guerras de Religión, primero en el ejército protestante de Holanda y después en el católico de Baviera. A partir de estas experiencias, Descartes dice que tampoco la experiencia proporciona certeza, ya que las normas que una sociedad considera correctas, en otra pueden ser falsas.

Matemáticas y Mathesis Universalis

Sin embargo, en la época de Descartes estaba apareciendo un tipo de conocimiento que se superaba al escepticismo y al relativismo: la aplicación de las matemáticas a la resolución de problemas en campos como la física, la astronomía, la arquitectura o la ingeniería. Descartes propone la Mathesis Universalis, que busca establecer una unidad del método científico. Estas ideas las expone en el Discurso del método (1637) y más tarde en las Meditaciones metafísicas (1641).

La razón, la luz natural y la duda metódica

El objetivo de Descartes es encontrar un fundamento a partir del cual se puedan desarrollar todas las demás verdades. Para ello, confía en la razón humana y en la «luz natural»: el sentido común. Este nos permite reconocer cuándo una supuesta verdad no es clara y genera duda. Descartes utiliza esto para aplicar la duda metódica, que consiste en suspender temporalmente el juicio sobre todo aquello dudoso.

Los candidatos a un fundamento seguro

En primer lugar, Descartes rechaza como candidato a fundamento la experiencia basada en los sentidos, como defendía el empirismo de Aristóteles. Los sentidos pueden engañarnos, como en los sueños, donde creemos estar despiertos. Por ello, Descartes plantea la hipótesis exagerada de que todo podría ser un sueño. Sin embargo, observa que incluso en los sueños hay elementos que parecen mantenerse: la forma, la figura y el número de las cosas. Descartes supera así el empirismo de Aristóteles: la percepción no son sensaciones simples, sino que la mente interpreta lo que percibimos. No son los ojos los que ven, sino la mente.

El segundo candidato a fundamento es la razón pura, como la defendía Platón, especialmente en las verdades matemáticas (por ejemplo, 2 + 2 = 4). Sin embargo, Descartes observa que los seres humanos a veces cometen errores de razonamiento. Propone la hipótesis del genio maligno, según la cual podría existir un ser poderoso que nos engañase, haciendo que incluso las verdades matemáticas fueran falsas en la realidad.

El cogito: la primera certeza

Finalmente, Descartes descubre la primera verdad que no puede ponerse en duda, el tercer candidato. Para que alguien pueda engañarnos o para que podamos equivocarnos, es necesario que existamos como alguien que piensa: «pienso, luego existo» (cogito, ergo sum). Como ya decía San Agustín con la idea de «si me equivoco, existo», la certeza de toda verdad se basa en la mente y en la conciencia.

Sin embargo, aparece el problema del solipsismo: solo podemos estar seguros de que existe nuestra conciencia. Para superarlo, necesitamos encontrar en nuestra mente alguna señal que nos permita asegurar que lo que pensamos corresponde con el exterior: el principio de correspondencia entre la lógica de la mente y los procesos de causa y efecto en el mundo.

Ideas, evidencia de Dios y el rechazo del genio maligno

Todo pensamiento siempre es sobre algo, y a esos contenidos Descartes los llama ideas. Entre ellas existen las ideas innatas, que no vienen de lo que percibimos en el mundo exterior, ni son simplemente inventadas por nuestra mente. Son ideas que todo ser humano entiende. Por ejemplo, la idea de infinito o de perfección no viene de la percepción del exterior, y tampoco la puede crear nuestra mente porque es finita e imperfecta.

Descartes concluye que debe existir un ser distinto a nosotros que sea la causa de estas ideas, con un pensamiento perfecto e infinito y capaz de ponerlas en nuestra mente: Dios. Con esto queda descartada la hipótesis del genio maligno, porque quien nos da la idea de perfección debe ser perfecto y no tener intención de engañarnos.

Según el argumento ontológico de San Anselmo, existir forma parte de la esencia de Dios. Igual que un triángulo, por definición, tiene ángulos que suman 180°, Dios, al ser pensado como un ser perfecto, implica que existe.

La distinción de sustancias y el dualismo cartesiano

Para Descartes, Dios es la causa última de todo lo que existe: la res infinita en cuanto a perfección. Los seres humanos son, en cambio, res cogitans finitas. Descartes reduce las sustancias a dos tipos:

  • Res cogitans: la mente, capaz de pensar y de tener conciencia de sí misma. Esta sustancia no depende de otras.
  • Res extensa: la materia. Lo que permanece a pesar de los cambios a lo largo del tiempo, manteniendo forma, tamaño y posición en el espacio.

El dualismo cartesiano separa materia y espíritu.

Descartes y la ciencia moderna

Descartes explica así la base de la ciencia moderna durante la Revolución Científica. Según él, la ciencia primero crea teorías para explicar la realidad y después las comprueba con experimentos. En cualquier estudio, el espíritu solo puede conocer las cualidades primarias: la forma, la figura y el número de los elementos; cualidades objetivas. En cambio, las cualidades secundarias, percibidas por los sentidos, son subjetivas y dependen del receptor. Por ejemplo, el color amarillo se percibe de forma distinta para un humano, un perro o un mosquito. La ciencia, en cambio, estudia su realidad objetiva, como las longitudes de onda de la luz reflejada por un objeto.

Nietzsche, Darwin y la crítica a la fundamentación tradicional

A partir del siglo XIX, la Revolución Industrial mejoró las condiciones de vida y permitió que las leyes organizaran la sociedad de manera más racional, reconociendo los derechos y libertades de cada persona. Nietzsche dice que ya no es necesario que los individuos renuncien a su desarrollo personal para construir una civilización, como ocurría antes con las religiones, cuando los valores humanos se proyectaban en dioses. Ahora sabemos que somos nosotros quienes entendemos y transformamos la naturaleza, por lo que hemos creado «nuevos ídolos».

Además, la publicación de Darwin en 1859, El origen de las especies por selección natural, mostró por primera vez una explicación científica del ser humano. Nuestra existencia depende del azar y de la evolución: podríamos no haber nacido y dejaremos de existir. Además, lo que cada cultura llama «verdad» no es algo universal, sino que lo crea cada sociedad, por lo que puede no coincidir con la realidad y ser distinto.

Nietzsche propone aceptar que los seres humanos somos creativos y asumir la «muerte de Dios»: es decir, dejar de buscar en Dios el sentido de la vida, como hacía Descartes. Para él, el conocimiento humano surge primero de nuestra forma de ver la vida y después intenta ser aceptado por los demás. Cada hecho se interpreta según la perspectiva de cada persona y compite con otras interpretaciones dentro de la sociedad.

La crítica del vitalismo y la noción de libertad

La crítica del vitalismo de Nietzsche consiste en que:

  • Primero, somos principalmente nuestro cuerpo con impulsos, y la mente es un resultado posterior.
  • Segundo, no hay certeza de un «yo» que controle sus pensamientos.
  • Tercero, los sentimientos y las emociones no son distintos de los pensamientos; por ejemplo, ante una amenaza, el miedo puede manifestarse como prudencia y el coraje como determinación.
  • Por último, no tenemos libertad total de elección, porque la sociedad y la cultura influyen en nuestras formas de actuar.

La verdadera libertad, según esta perspectiva, es crear nuestra propia vida como una obra de arte, decidiendo cómo vivir.